Observadores.

Enfilo el pasillo que conecta la sala con el dormitorio. Todavía quedan cajas de cartón sin desembalar en el suelo y las esquivo a oscuras. Hace una semana que me he mudado y todavía no me acostumbro a los sonidos de esta casa, que me sorprenden en mitad de cualquier cosa como si dijeran mi nombre.

El piso es antiguo y pequeño, pero tiene luz y un balcón que da a la calle. Es la segunda vez que tengo un dormitorio cuya ventana da a un hotel (la primera fue en casa de mis padres) y eso me gusta. Me hace sentir algo de confortable permanencia, en contraposición al vaivén de personas que se alojan en ese edificio de ladrillo rojo, posiblemente construido en los setenta.

He cenado un sándwich de cualquier cosa porque he llegado del trabajo sin ganas de cocinar. He tratado de ver algo en la tele pero nada me atrapa lo suficiente últimamente y he desistido en favor de la cama sobre la que, en este instante, me dejo caer de espaldas. Enseguida escucho crujidos suaves como susurros, pisadas que no sé bien si se acercan o se alejan. Cierro los ojos y alimento la imaginación con esas presencias anónimas que pueblan mi casa como fantasmas. Y siento el momento exacto en el que algo en mí despierta. Es un despertar en el cerdo sentido de la palabra. Reconozco bien a mi animal saliendo del letargo.

La soledad nocturna es una tristeza templada y dulzona que suele resultarme un estado emocional favorable en el que mecer mi cuerpo y guiarlo sobre las ondulaciones de las ideas hacia el placer físico. Tumbada en la cama, dirijo la mano hacia el interruptor de la lamparita, pero antes de pulsarlo cambio de opinión. Pienso que la luz puede jugar a mi favor esta noche porque incrementa la sensación de exposición. 

La iluminación suele dar pie al relato de una cámara que enfoca directamente a una caída de bragas como un abrirse el telón, y retransmite mi pulso inflamado a cuatro plataformas de streaming a la vez. O a la puta televisión generalista. Por qué no. Ese es un escenario recurrente, pero hoy, quizá por influencia de la propia casa, un giro argumental trae observadores al pie de la cama ante los que me abro para que vean en vivo y en directo cómo me provoco un incendio tras otro. Para qué sirve la luz si no es para que la realidad material penetre en el cerebro por ojos hambrientos.

Separo más las piernas para que la luz me lo bañe todo bien ante la mirada de las cuatro personas anónimas e imaginadas que se arrodillan junto a la cama. La puerta está semiabierta y entra alguien más. No sé quiénes son, no les determino identidad. Pero invento su respiración, intermitentemente audible. Tienen prohibido pajearse en mi presencia, pero sé que lo harán después. Yo no les miro. No me interesa nada de ellos, de ellas, no me interesa nada más que la succión de sus ojos conectados a mis movimientos pélvicos y al baile de mis dedos resbaladizos.

A través de los párpados la luz es un manto rojo bajo el que cubro mi timidez. La timidez es la condición bajo la que opera esta fantasía de exhibición impúdica. Es la frontera que cruzo. Es el límite traspasado lo que lleva la excitación a cotas altas. Y me regodeo en mí misma e incido mentalmente en los aspectos más críticos de la exposición: una cadencia más dura, movimientos más rápidos y bruscos, un leve dolor provocado por las uñas que exacerba mi sensibilidad y me lleva a la imaginación murmullos que contienen frases cortas y sucias procedentes de las lenguas babosas de mis observadores.

Sumergida en las profundidades del relato que me cuento lentamente, llego al clímax narrativo y un fundido a negro se expande sobre las oleadas de mi orgasmo. No veo la luz, despido mentalmente a los observadores que me han visto correrme y yo regreso despacio a mi piso nuevo, donde vuelvo a estar sola en mi dormitorio.

Abro los ojos. Debería sentirme bien y no termino de estarlo. En lugar de eso hay una interferencia mental lejana y persistente, algo que flota silente en el aire del cuarto. Por alguna razón se me hace raro no oír nada. La casa se ha callado. Miro hacia la calle. Y entonces lo veo. El hotel. Lo había olvidado. He dejado la luz encendida y frente a mi ventana hay otra, también iluminada. Una silueta se erige al otro lado de la noche y sé que me mira. Lleva ahí todo el tiempo y un estremecimiento súbito me lleva a bajar la persiana inmediatamente. No lo quiero pensar. No lo quiero pensar. No lo quiero pensar. No lo quiero pensar y lo pienso. Y entonces, sin preliminares, sin filtro racional, sin haberla visto venir y para mi propio rubor, me raja la boca de lado a lado una sonrisa insolente y bruta.

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