Maletero.

Desde que mi madre ha subido al coche hasta que mi padre ha arrancado el motor, ha pasado un siglo o eso me ha parecido a mí. Inmóvil y en absoluto silencio, he temido que ocurriera algo que diera al traste con el plan de fuga. He tenido tanto miedo que hasta he contenido la respiración, ya de por sí condicionada por el aire viciado y maloliente del maletero en el que viajo y por la mascarilla que todavía me cubre media cara. ¿Por qué no me la he quitado? He esperado sola en la penumbra tóxica del garaje durante un buen rato y, aún así, me la he dejado puesta. Si fuera un momento adecuado para el autoanálisis, diría que creo haber incorporado a mi vida la sensación de asfixia de una manera mucho más física que las razones por las que me encuentro aquí.

La vibración del motor ha precedido a la sacudida inaugural del viaje. Mi padre siempre ha sido suave conduciendo, algo que agradezco especialmente ahora. Noto la inclinación de la rampa de salida del garaje y mi cuerpo se aplasta levemente contra las maletas tras las que estoy tumbada. Pronto volvemos a la horizontalidad y me pongo algo más cómoda apoyando la cabeza sobre mi mochila, que me hace de almohada.

Si mis padres supieran que viajo con ellos, pararían el coche de inmediato y me obligarían a volver a mi casa. Mi casa es ese lugar en el que, a estas horas, mis siete hijos y mis dos maridos todavía duermen. Aunque mis padres llamaran por teléfono o al timbre, no les abriría nadie, porque no hay vibración, tono de llamada o meteorito a tierra capaz de despertar a mis maridos antes de las nueve de la mañana. Eso lo sé desde que nació mi primer hijo. No hubo manera, durante aquellos primeros ocho meses, de que yo durmiera más de dos horas seguidas ni una sola noche. A partir del nacimiento de las gemelas ya sabía a qué clase de infierno me enfrentaba y lo llevé con resignación.

Oigo el tic, tac, tic, tac, tic, tac, del intermitente del coche de mi padre. Es un sonido que me agrada desde siempre, no sé bien por qué. Quizá porque anuncia la inminencia de un desvío. Sin saber a qué carretera nos incorporamos, pienso en que estoy más cómoda en este maletero de lo que se podría suponer. Es un lugar que puedo ocupar como yo quiera, sin temor a incomodar, sin otro espacio vital que respetar. Mi casa es objetivamente mucho más grande que este cajón rodante, pero rebosa carne; somos embutido entre sus paredes. Es difícil no tropezar con una pierna ajena sin querer, oler un pedo de camino al dormitorio, tener que ceder el paso en la puerta de la cocina.

Hemos parado en un semáforo o en un paso de peatones. El sol incide en la carrocería y percibo un suave incremento de la temperatura dentro del cubículo. Caigo en la cuenta de que sigo con la mascarilla puesta y de pronto hago una asociación: estoy tapándome la cara. Me tapo la cara porque todavía noto el sonrojo del espectáculo del otro día. Las gemelas querían quedarse más tiempo en el parque, a lo que me opuse porque tenía que hacer el bizcocho de cumpleaños del más pequeño y ya iba tarde. Las niñas se engancharon cada una a una pernera de mi pantalón tratando de impedirme emprender el camino de regreso a casa. Al mismo tiempo, el niño jugaba con un palo y un cochecito en el suelo, ajeno al berrinche de sus hermanas. El mayor chutaba el balón contra la fachada del presidente de la comunidad, peligrosamente cerca del cristal de su ventana. Mientras yo trataba de calmar y convencer a las niñas, el cochecito del pequeño rodó más de la cuenta y fue a caer a la carretera. En cuanto vi al niño ir tras el juguete para tratar de recuperarlo, solté a las pequeñas para interceptar el paso de su hermano y evitar que fuera atropellado, de tal modo que mis pantalones quedaron a merced de la fuerza vertical que ejercían a cada lado mis dos hijas. Esto hizo que el botón de mis vaqueros saltara por los aires y el pantalón se me bajara hasta la mitad de los muslos, no sin arrastrar las bragas con él por el camino. Detrás de mí se hizo el silencio. Padres y madres y niños asistían al espectáculo de mi culo expuesto mientras las niñas se callaron también, intuyendo la magnitud del desastre. El mayor dejó de jugar al balón, que rodó hasta mis pies. Sin atreverme a mirar a mi espalda, me recoloqué la ropa y caminé hacia adelante seguida de mis hijos, como si el hecho que acababa de tener lugar pudiera de alguna manera dejarse atrás. Es posible, remotamente, que en otras circunstancias hubiera podido tomármelo con humor. Pero ahora, tras un siglo de pandemia y convivencia extrema; ahora, tras un siglo de teletrabajo compartiendo mesa con botes de plastilina y témperas y manchas de leche y cereales y mocos; ahora, tras un siglo de alternar la limpieza de culos con reuniones virtuales para las que he tenido que encerrar a casi todos mis hijos en mi dormitorio con el fin de que no se pasaran a saludar a mi jefa; ahora, que solo estoy cerca de mis maridos cuando me siento junto a alguno de ellos frente al ordenador para hacer la compra online o cuando nos cruzamos en el pasillo cada uno con un hijo en brazos y la estrechez hace que nos rocemos sin querer; ahora, es imposible tomárselo con humor. Es del todo imposible tomárselo con humor. Y darme cuenta de eso hace que me perdone. Y estallo en una carcajada que inmediatamente aborto cubriéndome la boca con las manos para que no me descubran. Joder, pero si todavía llevo la mascarilla puesta. Me la quito, al fin, y una mezcla de alivio y vértigo me atraviesa el pecho.

Hemos reanudado la marcha y al guardar la mascarilla en el bolsillo delantero de mis vaqueros rozo mi cresta ilíaca derecha. Me escuece. Tengo un rasponazo que me he hecho al meterme en el maletero y esconderme tras el equipaje de mis padres. La piel de alrededor de la protuberancia ósea está caliente. Y también suave. Mantengo mis dedos sobre la cadera y los deslizo hacia mi vientre. Me resulta extraño tocarme, como si hiciera mucho que no cobro conciencia de mí misma.

Mi padre ha puesto la radio, pero no reconozco ninguna canción ni tampoco las oigo con nitidez. Pero el rumor musical, unido a la vibración del coche, me mece de tal manera que me abandono, me relajo, me dejo llevar. 

Me. 

Dejo. 

Llevar. 

Dejarme llevar es algo que echaba tantísimo de menos, dios, cuánto lo echaba de menos. Estoy aquí encerrada y sola de camino hacia un pueblo castellano en el que creo que no hay nada y soy tan feliz de estar absolutamente imposibilitada para hacer algo útil, para responder a llamadas, emails, limpiar culos y comprar inercia, que me sorprendo a mí misma en un estallido de excitación sexual. Es raro con mis padres ahí, al otro lado. Pero la explosión eufórica, la vibración y la plena conciencia de mi cuerpo me llevan a cerrar los ojos y a abrir la boca y a hundirme los dedos por debajo de las bragas, y respondo a la fricción de la mano con el calor inflamado de la libertad. A remolque de un viaje que no me pertenece, me acaricio y sonrío a partes iguales, y me corro feliz y silenciosa mientras noto que, ahí afuera, adelantamos a un camión.

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